Friday, July 28, 2006

Manejo de fuentes en el periodismo

Manejo de fuentes en el periodismo
(O fuentes que manejan al periodismo)


Para el periodismo mundial y argentino, los últimos años han dejado imborrables hitos sobre la traición al valor fundamental de los medios: la credibilidad.
Casos de afamados periodistas que inventaban fuentes o, igualmente grave, falseaban datos e información, han obligado a los medios a rever sus modelos de control interno.
Así lo diagnostica el periodista Dany Schechter, en su libro Las noticias en tiempos de guerra. Medios de comunicación: información o propaganda..
Uno de los temas importantes al que ha tenido que enfrentarse el mundo de la prensa en los últimos años es el de las fuentes. Los recortes en las salas de redacción, la velocidad del ciclo de las noticias y la reducción de la cobertura informativa de las noticias internacionales dificultan la capacidad de los periodistas de tener el tiempo, los recursos, la posibilidad y las listas de fuentes necesarias para recoger las noticias con cuidado.
Hubo y hay muchos casos que han marcado esta etapa.
Pero el del fabulador Jason Blair tal vez sea paradigmático: sus reportajes eran fraudulentos y ello obligó a pedir disculpas en público a su diario; justamente The New York Times, que había hecho un culto de su integridad editorial.
El presidente de la Comisión de Desarrollo de Iniciativas de la Asociación de Editores de Periódicos de los Estados Unidos (ASNE), Frank Denton, en un artículo publicado por la revista American Editor, afirmó:
Es muy fácil para los de afuera pontificar, condenar y hasta despedazar a The New York Times, pero si pensamos en nosotros mismos y en los hábitos imperantes en las salas de redacción que frecuentamos, nos veremos forzados a reconocer que por todos lados se advierten tendencias que, de acentuarse, podrían terminar constituyendo hechos asimismo perniciosos,
Una de las cuestiones centrales de estos hechos perniciosos que cita Denton se basa en el inadecuado manejo de las fuentes, con las que el periodista suele entablar relaciones promiscuas, en las que no se guarda la distancia necesaria que posibilite independencia de criterios.
No hay ingenuidad en esta relación: la fuente siempre intentará manejar al periodista a partir de sus puntos de vista y el periodista creerá que el acceso a la información que requiere es más sencillo, no importa si en el medio se va la mitad de la verdad.
Cualquier manual de estilo periodístico que se revise aportará una serie de pautas elementales sobre el vínculo entre el comunicador y una fuente.
Pero el asunto es, por encima de todo, de base ética:
El punto central para el periodismo está en determinar:
· El grado de utilidad de los datos que obtiene de las fuentes.
· Cuánto éstas ocultan y cuánto tergiversan.
· Cuán validadas están para ofrecer información.
· Y el impacto social de las noticias que se vuelquen en la cobertura.
El problema del tratamiento las fuentes quedó de manifiesto de forma patética a partir de los atentados del 11 de marzo de 2004, cuando un grupo terrorista voló trenes en la estación madrileña de Atocha.
Entonces, el prestigioso diario El País tituló su edición extraordinaria “Matanza de ETA en Madrid”.
No era que los editores del periódico tuviesen pruebas independientes sobre la autoría del ataque de parte de la banda armada separatista.
No. Lo que sucedió es que fueron influidos por el entonces jefe del Gobierno, José María Aznar.
Minutos antes del cierre, un alto funcionario llamó a la redacción y atribuyó el atentado a ETA.
Más tarde, el propio Aznar se comunicó con directivos del diario para ratificar la información.
El título original “Matanza terrorista en Madrid” mutó por “Matanza de ETA en Madrid”.
El compromiso de transparencia hubiera exigido atribuir esa información al Gobierno en lugar de asumirla con un enorme titular a toda plana, se lamenta hoy el director Jesús Ceberio. Ese grave error –reconoce– no es enteramente atribuible a la fuente, sino a la falta de aplicación de una mínima cautela profesional. No hay fuente, por privilegiada que sea, que no exija contrastes adicionales.
Lo que vino a partir de ese momento es historia conocida: apenas tres días después, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), de la mano de José Luis Rodríguez Zapatero y con el voto de millones de españoles, desalojaba del gobierno al Partido Popular de Aznar.
Y esto no sólo sesgó la información.
También torció los análisis políticos
Hasta que la realidad desnudó la verdad.
Pero aquí hubo un hecho potente, poderoso, que ayudó a develar lo que el poder quería ocultar.
¿Cuántas informaciones cotidianas, de menor impacto, están teñidas por las intencionalidades del poder?
¿Cuántas informaciones cotidianas están tergiversadas por los mismos periodistas que se dejan seducir por las fuentes y no las contrastan?
Es una mezcla de intereses y necesidades mutuas que tienen una sola víctima: el ciudadano.
Cuando hablamos de poder, hablamos de política.
El político requiere del periodista para ser visible y éste del primero para nutrirse de información.
Las relaciones entre ambos a menudo son imprevisibles y no hay lealtades permanentes.
La tendencia a influirse recíprocamente hace que se elijan unos a otros.
Dio lugar a una polémica pública una invitación del gobernador de la Provincia direccionada a determinados periodistas para anunciar que el Banco de la Provincia de Córdoba no iba a ser privatizado.
No hace falta que exponga la trascendencia de esa noticia para la comunidad.
Tal vez quien mejor haya definido el papel del periodismo en el terreno de la política sea Horacio Verbitsky, citado por el profesor Alfredo Torre, de la Universidad de la Plata.
Dice Verbitsky:

"Periodismo es difundir aquello que alguien no quiere que se sepa, el resto es propaganda.
“Su función es poner a la vista lo que está oculto, dar testimonio y, por lo tanto, molestar.
“Tiene fuentes, pero no amigos.
“Lo que los periodistas pueden ejercer, y a través de ellos la sociedad, es el mero derecho al pataleo, lo más equitativa y documentadamente posible.
“Criticar todo y a todos.
“Echar sal en la herida y guijarros en el zapato.
“Ver y decir el lado malo de cada cosa, que del lado bueno se encarga la oficina de prensa, de la neutralidad los suizos, del justo medio los filósofos y de la justicia los jueces.
“Y si no se encargan, ¿qué culpa tiene el periodismo?"

En términos de “deber ser” resulta maravilloso.
Pero en el plano de lo que es el periodismo hoy, aparece distante de la realidad.
Si volvemos sobre el ejemplo de los Estados Unidos, podremos advertir cuán ilusorio es.
Destacados periodistas y grandes medios que apoyan al presidente Bush en la guerra en Irak sólo por intereses internos, como las relaciones con el complejo militar-industrial.
Si hasta se llegó a hablar de que el Gobierno Bush estaba dispuesto a “comprar” periodistas para que apuntalar una mejor campaña de comunicación para convencer a un público crecientemente escéptico de que la guerra era lo mejor que su país podía hacer.
No tengo visa para seguir en Estados Unidos, así que regreso a la Argentina.
¿No hay acaso una nueva corriente de periodistas que enarbolan las banderas del Gobierno de Néstor Kirchner bajo la forma de periodismo independiente?
Nadie habrá de sorprenderse: los hubo durante el menemismo y, antes aún, durante el alfonsinismo.
Permítanme leerles una información que salió en Ámbito Financiero, un diario que, por cierto, no es de mi agrado, pero que en este caso me parece que refleja la situación con claridad:
El responsable del área periodística del canal de TV América, Román Lejtman, solicitó expresamente al periodista Marcelo Longabaradi, co-conductor del ciclo Fuego Cruzado, que pidiera disculpas a un senador con el que había tenido una discusión durante una entrevista.
Longobardi no solamente se negó, sino que amenazó con retirar su ciclo del aire.
A raíz de distintas denuncias sobre llamados de funcionarios a los periodistas, para reclamar por sus opiniones críticas, algunos analistas creen que las presiones del gobierno convierten a los ciclos periodísticos de opinión política en territorio de negociación.
Ante el reciente cierre de dos señales de TV cable, Plus Satelital y P+E, el matutino se preguntó, si otro periodista se quedará sin aire.

Ahora me instalo en Córdoba.
Quiero narrarles una anécdota que apenas tiene una semana:
Dos calificadísimos funcionarios esperan al Presidente de la Nación en el aeropuerto.
No había periodistas presentes, sí camarógrafos.
El de mayor jerarquía, le dice al otro:
“Enano hijo de puta, en (la elección de intendente de) Marcos Juárez vas a salir cuarto. El año que viene te voy a romper el culo y agradecé que sea el culo y no la cara. Te voy a jubilar de la política”.
El otro le responde:
Me encanta que me subestime. Lo mismo dijo hace tres años y acá estoy, recibiendo al Presidente. Usted tiene el olfato de un pequinés”.
En realidad, el diálogo es, como se advierte, de bajísimo nivel. No merecería ser publicado.
Pero resulta que su contenido fue divulgado por voceros de ambos gobernantes.
Los voceros del mayor, con el ánimo de mostrar cómo lo rigorea.
Los voceros del menor, porque así se victimiza.
O sea, había indisimulados y concretos intereses de las fuentes porque esto se conociera.
La pregunta es: una vez chequeada, ¿merece ser publicada?
Tengo para mi que la decisión que adoptamos fue acertada.
Estos insultos reflejan de manera acabada la realidad política que vive Córdoba.
Lo hicimos, además, en la convicción de demostrar cuánto la disputa doméstica se colaba en un momento importantísimo para Córdoba, como la presencia de los presidentes del MERCOSUR en la cumbre.
Acepto, sin embargo, que cualquiera pueda expresar un punto de vista opuesto.
Hasta yo mismo me planteo si no terminamos, acaso, como “portavoces” de una pelea que, nosotros mismos lo hemos escrito, es ajena a los intereses de los cordobeses.
Debo ser muy explícito y enfático: no hubo, en este caso, presiones de ninguna naturaleza para que se publicara o se omitiera.
Fue una decisión tomada en una mesa de editores, la misma donde se adoptan cientos de decisiones cotidianas, con los márgenes de error de cualquier actividad humana.
Uds seguramente habrán de insistir mucho para saciar sus dudas sobre la existencia de presiones.
Las hay, pero adquieren en muchos casos formas muy sutiles.
Resistirlas depende de al menos tres factores:
1.- La fortaleza del medio, que no lo lleve a vivir de la pauta publicitaria del Estado.
2.- La vocación de sus ejecutivos por mantener la independencia, algo que –está probado- constituye el mejor negocio para el presente y el futuro.
3.- La capacidad de los propios periodistas del medio para no ceder a la tentación de la complacencia.

Acabamos de repasar dos casos paradigmáticos en los que quedaron expuestas cuestiones centrales para este análisis:
1.- La actitud maliciosa de un periodista.
2.- La intencionalidad de las fuentes por hacer prevalecer su opinión por sobre la realidad. Esto vale, claro está, en el caso de El País y en el de la pelea política en Córdoba.

Querría ahora detenerme unos momentos y profundizar junto a ustedes la mirada hacia el interior del periodismo.
O mejor aún del comportamiento de los periodistas.
Creo que, en este punto, hay varias cuestiones que atender.
No voy a convertirme en censor de mis colegas, ciertamente, por aquello de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.
Cada uno obra en esto según lo que su conciencia le dice.
Tengo para mi, sin embargo, que para muchos colegas, el periodismo dejó de ser una vocación y pasó a ser un negocio.
No estoy hablando de la sana ambición de vivir de modo más confortable, deseo que es natural a cualquier ser humano.
Estoy hablando de ganancias espurias.
Corre mucho dinero espurio, ustedes lo saben. Y es dinero fácil.
Sólo hace falta que alguno extienda la mano y preste servicios a factores de poder para obtenerlo.
Disfrazarse de periodista es una manera sencilla para quien, en realidad, es un comerciante de la información.
Las transacciones con las fuentes se convierten, así, en un negocio de ida y vuelta, bastante rentable.
Y si no, miren el estándar de vida de muchos periodistas y advertirán que con un salario resulta difícil de sostener.
Hay otro factor de indudable influencia: la fama.
Que, como todos saben, tiene su precio.
Angel Arrese de la Universidad de Navarra lo ponía en estos términos:
Desaparecen las fuentes, y aparecen los autores.
La fama y el estrellato periodístico, adornado con dotes literarias y la retórica de la verosimilitud, pueden suplir las dudas que en otro caso hubieran despertado textos demasiado íntimos, tan confidenciales en muchos aspectos, que su más mínimo cuestionamiento podría dar la impresión de herir la sensibilidad –no digamos ya, la profesionalidad- de sus autores.
Y es que el estrellato periodístico, en demasiados casos, parece depender precisamente de eso: de contar con fuentes únicas, tan personales, que le permitan a uno sobresalir respecto a los demás, dentro y fuera de la redacción, con historias nuevas, a veces increíbles, no compartidas por nadie.
La estrella como lobo solitario, como isla dentro de las islas que componen las redacciones.
Y además, una estrella que llega a serlo porque relata lo que vive, porque muestra en los textos sus experiencias y sensaciones, sus contactos con los protagonistas de la actualidad, convirtiéndose muchas veces en un actor más de la historia
Quizá sea el momento de repensar seriamente el protagonismo creciente de algunos profesionales de la información, de ciertas “estrellas periodísticas”, que han olvidado que gran parte del mejor periodismo ha sido a lo largo de la historia anónimo, pero un anonimato de autores, no de fuentes.
No hay dudas: las fuentes van a elegir a este tipo de periodistas, cuya fama les garantizará presencia en los medios, con un buen trato.
El periodista, de su lado, se beneficiará del acceso a las fuentes del poder.
O sea, un verdadero “negocio redondo”.
Un círculo virtuoso en el que lo único que falta es la ética.
¿Cómo combatimos este mal que está jaqueando a nuestra profesión?
No me parece que haya una receta.
Sin embargo, me atrevo a plantear algunas cuestiones:
1.- Ponernos bajo la lupa nosotros mismos. No salgamos a cazar brujas, pero tampoco dejemos pasar alegremente los desvíos éticos.
2.- Demandemos a nuestras empresas para que las plantillas de personal estén cubiertas por gente idónea, con formación pasada, pero también con vocación de capacitación continua,
3.- Establezcamos redes con las universidades para obtener de ellas no sólo los mejores estudiantes sino también las mejores personas.

Algo debemos hacer para evitar que los periodistas sigan siendo manejados por las fuentes y lograr que maneje adecuadamente las fuentes. O sea, que hagan buen periodismo.


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